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El Pacto asiático de libre comercio, una amenaza disfrazada de oportunidad

Reunión virtual de los 15 países para la firma del acuerdo. Foto: El Confidencial.
Reunión virtual de los 15 países para la firma del acuerdo. Foto: El Confidencial.
Juan Francisco Carmona  |  Profesor UFV experto en geopolítica

Quince países de Asia y el Pacífico, liderados por China, han firmado recientemente un acuerdo comercial que supone una fase adicional en el proceso de globalización que comenzó en 1989 con la caída del Muro de Berlín. La globalización o mundialismo, es bien sabido, es el resultado de la victoria del modelo democrático-liberal en la Guerra Fría. Según decretó proféticamente el politólogo americano Fukuyama, el sistema demo-liberal se convertiría en el ejemplo a seguir para todo el planeta una vez derrotado en todos los ámbitos, sin pegar un solo tiro, el comunismo o socialismo real.

En el año 1996, el presidente americano Clinton, comenzó a negociar la integración de China en este esquema mundial de paz y cooperación destinado a extender por todo el globo el capitalismo y el poder sometido al Estado de Derecho y a elecciones libres. El Partido Comunista Chino, en el poder entonces y ahora, consideraba que la única manera de sobrevivir en ese contexto era seguir siendo comunista en lo político mientras adoptaba un capitalismo de Estado para su progreso económico.

"Las rebajas tarifarias llevaron a China a convertirse en la segunda economía mundial respaldada por mil trescientos millones de habitantes"

En un principio, Clinton procuró someter la participación china a unas condiciones vinculadas al progreso de los derechos humanos (en ese mismo 1989 en que había caído el Muro, China había reprimido con indescriptible violencia las aspiraciones democráticas de su pueblo manifestadas en la plaza de Tiananmen). China aceptó. Pero con el tiempo, el progreso democrático se aguó hasta desaparecer por completo, mientras las concesiones de Occidente y el resto del mundo en las rebajas tarifarias, llevaron a China a convertirse en la segunda economía mundial respaldada por mil trescientos millones de habitantes. 

Durante este tiempo, la tesis de Fukuyama fue mostrando sus defectos. De hecho, el politólogo rival del momento, Huntington, había advertido que el resultado de la caída del Muro sería no la expansión de las pautas occidentales por el planeta sino la emergencia de un enfrentamiento entre civilizaciones: la china, la islámica, la occidental,… Lo llamó el choque de civilizaciones. Pareció darle la razón el terrible atentado de Bin Laden contra las Torres Gemelas y el Pentágono en 2001 que abrió un periodo de guerras del que apenas salimos en este momento. Sin embargo, la civilización china que se interpretaba a sí misma desde tiempo inmemorial como el Imperio del Medio (es decir, como el centro del mundo al que las demás naciones debían aspirar o mirar con respeto y admiración) había quedado fuera de esta confrontación directa. Además, cultivaba un especial sentimiento de revancha, tanto político como cultural, frente a Occidente, especialmente frente a los imperios sucesivos de Inglaterra en el XIX y Estados Unidos en el XX. En efecto, el período que va desde 1850 a 1950 es visto en China como el siglo de la humillación, marcado por el dominio comercial occidental - británico - sobre sus costas y las famosas guerras del opio, que los ingleses les vendían sin preocuparse de sus tremendas consecuencias sociales. Este período termina en 1949 con el acceso al poder del comunismo liderado por Mao Tse Tung que aprovechó este sentimiento de odio hacia Occidente y configuró a China como un rival en términos geopolíticos tradicionales e ideológicos, con su rama especialmente letal de comunismo. Ahora China haría frente como nación a las demás del mundo, especialmente a las occidentales y, además, representaría un sistema rival en términos estrictamente ideológicos.

"Mao Tse Tung configuró a China como un rival en términos geopolíticos tradicionales e ideológicos, con su rama especialmente letal de comunismo" 

Si avanzamos la película hasta el presente, nos encontramos con un progreso extraordinario del proyecto chino y un retroceso considerable del poder e influencia de Occidente. Bin Laden había atacado a Occidente por la violencia; el modelo chino de enfrentamiento estaba forjado en la paciencia de una civilización milenaria y en la convicción de que desde una posición de partida de inferioridad debía actuar con mucha más maña que fuerza. Esta estrategia la situó en condiciones de enriquecerse económicamente a costa de prácticas comerciales abusivas y de alzarse con el poder de regir el mundo sobre bases políticas e ideológicas contrarias a las que prevalecen en Occidente.

Su problema geoestratégico básico procede de lo que se conoce como la doble línea de islas. Si uno se coloca ante un mapa de China observa una inmensa costa oriental por la que transcurre la mayor parte de su comercio marítimo. Pero ese mar está repleto de islas. Se distinguen dos líneas ambas con punto de partida en el archipiélago japonés. En la primera advertimos al Japón, Okinawa, Taiwán (cuya independencia no reconoce China) y las Filipinas. Todas estas islas son aliadas de Estados Unidos y, para China, “vendidas” a Occidente. La segunda fila, partiendo siempre del Japón, incluye pequeñas islas que unen en una línea imaginaria al Japón con Guam, Palaos y hasta Indonesia en el Sur. De nuevo, están bajo control Occidental. Así que China se encuentra encerrada, amenazada militarmente y cohibida en su expansión comercial. Su idea es deshacerse de esta nueva humillación resultado de la división del mundo tras la II Guerra Mundial.

Por supuesto, China pone muchos medios para el desarrollo de su flota y su defensa militar de la costa oriental y de hecho se muestra cada vez más agresiva en la zona, pero, conforme a su estructura mental y cultural procura salir de esa situación de opresión venciendo a los occidentales en el terreno comercial. Para intentar controlar esta tendencia, los Estados Unidos han planteado a China un acuerdo comercial que limite sus prácticas abusivas, después de años de restablecimiento de tasas aduaneras que habían desparecido y que beneficiaban el ascenso chino.

"Le conviene revitalizar el multilateralismo donde puede imponer condiciones más desfavorables a países necesitados de su inmenso poder productor de bienes" 

China ha tenido por tanto que poner cierto freno a su expansión al encontrarse sometida a un acuerdo bilateral con la otra gran potencia, Estados Unidos. Por ello, le conviene revitalizar el multilateralismo en donde puede imponer condiciones más desfavorables a países necesitados de su inmenso poder productor de bienes. Durante años lo ha intentado a través de la Organización Mundial del Comercio, hoy capitidisminuida por sus excesos burocráticos, así que fomenta acuerdos multilaterales que considera que puede controlar mejor y que puedan debilitar el control al que está sometida por la doble línea de islas. De ahí el RCEP o asociación regional económica mediante la que, ofreciendo la zanahoria de un progreso regional económico para toda la zona de Asia y el Pacífico, incluyendo países occidentales democráticos como Australia y Nueva Zelanda y aliados occidentales básicos como el Japón, procura restablecer el palo que le permita dominar esa doble línea de islas y deshacerse de la colonización foránea sustituyéndola por una situación de poder propio.

El mundo, y sus implicaciones geopolíticas, está en transformación constante y es una amenaza perenne que no estamos acostumbrados a percibir como tal debido al largo periodo de paz y prosperidad - en comparación con otras épocas - propiciado por el dominio americano desde la II Guerra Mundial. No es nunca inocente lo que sucede en él, sino que siempre responde a intereses de naciones o imperios que pueden acabar por afectar decisivamente vidas individuales. Por eso, es imperativo entenderlo para poder exigir a los poderes públicos que las defiendan frente a los inmensos desafíos que las superan y las ponen en peligro.

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